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Egipto grecorromano

(332 a. de C. - 395 d. de C.)

En el año 332 a. de C., Alejandro Magno subió al poder en Egipto, fundando la ciudad de Alejandría, que nombró su capital.

De esta manera comenzó la dinastía macedonia que se prolongaría hasta el año 304 a. de C. Y fue en ese año, cuando el general Ptolomeo, sátrapa de Egipto, se proclamó faraón con el nombre de Ptolomeo I, dando origen a la dinastía ptolemaica, que continuaría hasta la entrada del Imperio Romano.

A partir de ese momento el país quedó en manos ptolemaicas. Los mandatarios ptolomeos gobernaban según las tradiciones locales (poder y ceremonial análogos a los de los faraones, idéntica función religiosa, la misma permanente actitud hostil frente a Mesopotamia y a sus pretensiones sobre Siria), pero al mismo tiempo con renovado sentido de la organización y la administración (múltiples dignidades cortesanas y funciones administrativas con títulos griegos, jerarquía compleja tanto en el clero como en el ejército).

Los ptolomeos implantaron un sistema estatal de explotación económica. Los campesinos egipcios estaban vinculados a sus poblados como los siervos de la gleba, sobre todo en las tierras reales directamente explotadas por el poder central. No podían abandonarlos por voluntad propia, pero sí podían ser expulsados. Se les podía obligar arbitrariamente a las prestaciones de trabajos personales y tenían que entregar a los funcionarios reales la mayor parte de sus cosechas de trigo. El resto de las tierras era explotado en virtud de concesiones o confirmaciones del rey. El aceite, el papiro y la banca eran monopolios. La tierra estaba catastrada, la población censada y los funcionarios estrictamente controlados. Este sistema enriquecía a la dinastía, pero no a la población, a la que no le quedaba otro recurso que el de la huelga, que se producía incluso entre funcionarios.

En el reinado de Ptolomeo VI Filométor, Egipto se convirtió en un protectorado dependiente de Antíoco IV de Siria, que invadió el país en el 169 a. de C. Los romanos obligaron a Antíoco a entregarles el país, el cual quedó dividido entre Ptolomeo VI Filómetor y su hermano menor, Ptolomeo VII, que obtuvo el control completo del país a la muerte de su hermano en el 145 a. de C.

De este período hay que reseñar la subida al trono de Cleopatra VII, conocida especialmente por sus romances con Julio César y Marco Antonio.

En Alejandría se localizaba el principal puerto marítimo, al que llegaban la mayoría de los productos procedentes de Oriente. Alejandría también sirvió de puerto de entrada al cristianismo, a través de las comunidades judías.

Durante el reinado de Ptolomeo XII se terminó el templo de Edfu y se empezó la construcción del templo de Dendera.

En el año 48 a. de C., César llegó a Egipto para defender a Cleopatra VII, que había sido destronada por su hermano y esposo Ptolomeo XIII Filopátor. En el año 31 a. de C., Octavio desembarcó en Egipto para enfrentarse con Antonio, amante de Cleopatra, a quien el senado había declarado enemigo del pueblo romano. Octavio derrotó a Antonio en la batalla de Actium y conquistó Alejandría. De esta manera, Egipto se convirtió en provincia romana. Tras la muerte de Marco Antonio, Cleopatra VII decide quitarse la vida antes que presentarse ante Roma en el desfile del emperador.

Los emperadores romanos se mostraron al pueblo egipcio como los sucesores directos de los antiguos faraones. La religión egipcia se mantuvo, hasta el extremo de que se transmitió por todo el área mediterránea y en la propia Roma.

Egipto desempeñó un papel fundamental en el suministro de cereales que Roma necesitaba para alimentar a su cada vez más creciente población.

Alrededor de 200 d. de C., se empezó a difundir el cristianismo, que en el año 379 d. de C., se convirtió en la religión oficial del Imperio. La lengua copta empezó a desarrollarse independiente de la egipcia, bajo influencia griega y de otras lenguas semíticas. Las mezclas de las culturas no supuso una sociedad homogénea, y eran frecuentes los enfrentamientos entre los distintos grupos. Sin embargo, en el 212 d. de C., el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía a toda la población en el Imperio Romano.

Alejandría continuó siendo la capital del país. Se convirtió en una de las grandes metrópolis del Imperio Romano, y fue un próspero centro comercial entre la India, la península Arábiga y los países del Mediterráneo. De esta manera, Egipto se convirtió en uno de los pilares económicos del Imperio Romano, no solo por su producción de cereales, sino también por sus vidrios, metales y otros productos manufacturados. Además, aglutinó el comercio de especias, perfumes, piedras preciosas y metales procedentes de los puertos del mar Rojo.

Con la finalidad de controlar la población y limitar el poder de los sacerdotes, los emperadores romanos protegieron la religión tradicional, terminaron o embellecieron los templos comenzados bajo los Ptolomeos e inscribieron sus propios nombres en ellos, continuando con las costumbres faraónicas, como fueron el caso de los templos de Dendera, Esna, Edfu, Kom Ombo, Filae, etc. Los cultos egipcios a Isis y Serapis se extendieron por todo el mundo grecorromano. Egipto fue también un centro importante del primer cristianismo a través de la vida monástica. La iglesia copta que se adhirió al monofisismo, se separó de la corriente principal del cristianismo en el siglo V.

El declive del período antiguo llegó en el 395 d. de C., momento en el que Egipto se consideró parte del Imperio Romano de Oriente.