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El Egipto Islámico

La llegada del Islam

En el año 642 el general árabe Amr Ibn Al As fundó la ciudad de Fustat, embrión de lo que luego pasaría a ser El Cairo. Rodeó la ciudad de murallas y edificó la primera mezquita.

A lo largo de los próximos dos siglos, Egipto estuvo regido por los gobernadores que elegía el califa, máxima autoridad de la comunidad musulmana.


Los tuluníes


En el año 832, el califa abbasí Al Maamun visitó Egipto. Este califa confió el control de Egipto a Abd Allah Ibn Tahir, un importante general kurasaniano (actual Afganistán), quien nombró a su propio gobernador. Este sería Ahmad Ibn Tulun. Tulun convirtió Egipto en una provincia autónoma, ligada a los abbasíes solo por el pago anual de iun pequeño tributo. Además, fundaría la dinastía de los tuluníes (872-905). Al norte de Fustat, Tulun fundó una nueva ciudad a la que llamaría Al Qatai. También construyó una hermosa ezquita y el primer hospital.

En el 905, el califa de Bagdad envía sus tropas a Egipto y arrasa Al Qatai. Egipto es administrado entonces desde Bagdad.



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Los fatimíes


En el 935 Egipto pasó a manos del turco Mohammad Ibn Turkdkh, que asumió el sobrenombre real iraní de Ikhsid, fundando así la dinastía Ikhsidí. A su muerte subió al trono un eunuco abisinio, conocido como Kafur, que frenó la dominación fatimí hasta su muerte, momento que aprovecharon los fatimíes (procedentes de Africa del Norte), para conquistar Egipto en el 969. Esta dinastía se vanagloriaba de descender del Profeta, por medio de su hija Fátima y se presentaban como guías religiosos infalibles. Los fatimíes fundaron una nueva ciudad administrativa a la que llamaron Al Qahira (El Cairo). Fueron los fundadores de la primera universidad del mundo, Al Azhar, por lo que El Cairo se convirtió en un gran centro intelectual.


Los ayyubíes


De esta manera se llegó hasta el año 1711, momento en que Salah al Din Ayyub, hijo de un emir kurdo, más conocido en los textos cristianos como Saladino, es enviado Egipto por el sultán de Bagdad. Derrotó al ejército fatimí e instauró la dinastía ayyubí. En 1176 coloca la primera piedra de la Ciudadela, en el monte Moqqatam .

Tras la muerte de Saladino (1193), las tropas mamelucas, antigupos esclavos convertidos en mercenarios, protagonizaron un golpe de estado en el que asesinaron al último sultán ayubbí en mayo de 1250, fundando a partir de 1254 lo que sería la dinastía mameluca.


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La dinastía mameluca


La dinastía mameluco, con El Cairo como capital y la ciudadela como sede administrativa, mantuvo largo tiempo su posición de potencia islámica, así como la de importante centro de enseñanza y literatura sunní.  El Cairo conoce entonces la época más brillante de su historia medieval.

Tras la muerte del último gran sultán mameluco en 1341, el país comenzó una etapa de decadencia. Sus descendientes dejaron el poder real en manos de los emires


El Cairo otomano


Debido a los continuos combates con los ejércitos mongoles y tártaros, el sultanato mameluco no pudo aguantar la embestida de las tropas turcas otomanas, quienes dominarían el país a partir de 1517, y hasta finales del siglo XVII. Estos últimos contaban con cañones y mosquetes que utilizaban sus soldados, los jenízaros. El último sultán mameluco, Tuman Bey, murió colgado en la puerta de Bab El Zuwayla (El Cairo). Esto llevó a que Egipto dejara de ser el centro del imperio y El Cairo aceptó su papel de capital provincial. Egipto fue regido por un gobernador (pashá) y controlado por una guarnición de jenízaros. Gran parte de las riquezas del país llenaron las arcas de Estambul y con ello los tesoros del sultán.

   

En lugar de terminar con los mamelucos, los otomanos los utilizaron en su administración. A mediados del siglo XVII, los emires mamelucos, o beys, habían restablecido su supremacía.

   

Los otomanos fueron derrotados por los mamelucos en Siria, pero continuaron dominando Egipto hasta 1798.

   

En el año 1798 el general francés, Napoleón Bonaparte, desembarcó en Alejandría, venciendo poco después al ejército mameluco en la famosa «Batalla de las Pirámides».

   

La invasión de Napoleón fue demasiado corta como para poder dejar huella, pero contribuyó a dar a conocer en Europa el interés por Egipto. Los eruditos que acompañaban la expedición francesa provocaron el nacimiento de una nueva ciencia: la Egiptología.

   

En 1801 los franceses tuvieron que abandonar el país ante la llegada de tropas británico-otomanas.


Durante los próximos años, las luchas entre mamelucos y otomanos por el dominio, arruinó el país, hasta que Mohammad Ali, general otomano de origen albanés, tomó el poder con la ayuda de la población local. Y en 1805, el sultán otomano le proclamó gobernador de Egipto.


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