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Tell Al Amarna

TELL EL AMARNA

Allá por el año 1359 a. de C., 10.000 técnicos mandados por un faraón comenzaron la construcción de una nueva ciudad en un lugar del Egipto Medio, entre Menfis y Tebas, en la orilla derecha del río Nilo. Entonces se le dio el nombre de Aketatón o «El horizonte de Atón»; hoy Tell El Amarna.
Cuando subió al trono Amenofis IV (Ajenatón), en el 1364 a. de C., pronto se dio cuenta de que la creencia que seguían los sacerdotes de Amón-Ra, respecto al sacrificio de los dioses, no satisfacía la suya propia. Por eso se cambió el nombre de Amenofis IV por Ajenatón «El que agrada a Atón».
En el año 1358 a. de C., al no sentirse satisfecho de su vida en Tebas (la ciudad de Amón-Ra) por ciertas discrepancias con los sacerdotes de la ciudad, decidió buscar un lugar donde no se adorase a ningún dios y él pudiera adorar a su propio Dios, (Atón). Tras mucho buscar, encontró una desértica llanura donde decidió levantar su ciudad soñada (Tell El Amarna). Ajenatón dedicó esta grandiosa obra a su padre Atón. Para la construcción de los palacios y templos, así como de las numerosas viviendas, se emplearon doce años.
La morada donde vivieron Ajenatón y su esposa Nefertiti, se llamó Hat-Atón «La fortaleza de Atón». La Calle Real de la ciudad se situaba sobre un eje sur-norte, paralelo al río. En la parte sur se alzaba el palacio real, Maruatón, al lado de un hermoso lago artificial.
En su primera época, la ciudad de Ajenatón albergó un considerable número de gente procedente de Tebas. Aparte de todas estas personalidades llegaron hasta Ajenatón artesanos, mercaderes y bajos funcionarios a la espera de poder cultivar las tierras vírgenes de lo que sería la futura Tell El Amarna.


El Gran Templo de Atón
Estaba situado en el centro mismo de la ciudad. Tenía una anchura de 275 m por 800 m de longitud.
Para llegar hasta el santuario se debía pasar primeramente por varios antepatios y pilonos. Ninguna de las construcciones en el templo tenía techo y estaban orientadas hacia el este para que así entraran directamente los rayos del disco solar (Atón).
Gracias a que los cimientos habían sido construidos a base de bloques de piedra que se traían desde las canteras del Alto Egipto, ha sido posible reedificar todas las partes así como descubrir cómo era la estructura de estos templos.
En 1887 una campesina egipcia halló por casualidad en lo que era la «Oficina de Archivos» de la ciudad, 320 tablillas de escritura cuneiforme concernientes a la correspondencia diplomática de los faraones de esta época con los reyes de Palestina, Siria, Mesopotamia y Asia Menor.
Durante las excavaciones de la temporada 1912-1913, a las 13 horas del día 6 de diciembre de 1912, un trabajador empleado en la excavación se acercó corriendo al cobertizo de las herramientas donde se encontraba el director de la misión, Ludwig Borchardt, para comunicarle un descubrimiento. Había encontrado una pieza en caliza que resultó ser el famosísimo busto de la reina Nefertiti. Después y por causas políticas fue sacado del país camuflado y ahora se halla en el museo de Berlín.

 

El Palacio de la reina Nefertiti
Desde el gran templo de Atón salía una calle que cruzaba hasta el palacio septentrional de la reina Nefertiti. En el centro de esta maravilla olvidada, se podía admirar un gran lago cuadrangular. La parte septentrional se dividía en tres zonas: un patio sin techo y una segunda área, subdividida a su vez en dos grandes grupos arquitectónicos, que alojaban a funcionarios.
El otro grupo, en el ángulo sudeste, llevaba hasta las habitaciones privadas de Nefertiti. Las paredes estaban decoradas con escenas de animales y plantas. El conjunto arquitectónico de este palacio casi llegaba hasta la orilla del Nilo.

El Palacio de Maruatón
El faraón Ajenatón poseía otro palacete a unos 3 km aguas arriba. Se piensa que corresponde a la actual aldea de El Hawata.
Se accedía a través de un gran pabellón de recepción y una sala rodeada de columnas que conducía directamente al salón del trono. Detrás se extendía un lago artificial de 100 m por 50 m. Una hilera de árboles rodeaba el lago.

Las tumbas

Antes de haber terminado la construcción de sus viviendas en Aketatón, los funcionarios faraónicos ya comenzaron a excavar sus sepulturas en los cerros que rodean el límite de El Amarna.
Las tumbas están distribuidas por grupos, de una manera muy similar a las tebanas de la XVIII dinastía. Sus características principales son: un patio exterior, dos salas (una un poco más ancha que otra) con columnas y un nicho para la estatua.
Algunas escenas fueron mandadas demoler a martillazos por los faraones que le sucedieron, debido a las controversias que se produjeron hacia la persona de Aketatón.
No se sabe cuantas tumbas fueron ocupadas por sus dueños, ya que muchos mandaron excavar nuevos hipogeos en otros lugares antes de su marcha de Tell El Amarna. Una muestra de ello es el emperador Ai (penúltimo faraón de la XVIII dinastía) que fue enterrado en una tumba en el Valle de los Reyes.
El principal atractivo de las pinturas de las tumbas radica en los rayos solares de Atón. Algunas de las más importantes, entre las veintiséis existentes, son: Huya, Meriere, Ahmes, Meriere, Panehesy, Parennefer, Tute, Mahu, Ani Ai, la tumba nº 26, más conocida como la «Tumba Real» o el «Panteón Real».

La estela X de Ajenatón

Esta se halla a escasos kilómetros al norte de la ciudad de Ajenatón. Aquí, en la base de un montículo, se halla la estela X de Ajenatón, que señalaba el límite del lado norte de la ciudad. En ella se narra la posesión de Ajenatón de la nueva ciudad y todo su territorio. Además, hace mención a que este lugar nunca había sido consagrado a ningún dios.