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El nacimiento de la Egiptologia

La mítica civilización faraónica sucumbió a la expansión del cristianismo y con ella quedaron enterradas las claves y secretos de sus grandes construcciones, sus jeroglíficos y sus mitos. A partir de entonces, un halo misterioso y enigmático envolvió a Egipto durante siglos, y esto atrajo a numerosos viajeros y aventureros. En el siglo V a. de C., Herodoto de Halicarnaso inauguró la era de los «viajes-relato», pues en sus libros de historia nos describe la geografía de Egipto y su fauna. Pero en sus relatos, mezcló datos precisos con leyendas e historias populares, alejándose así del rigor historiográfico. Estrabón, Diodoro, Séneca, Plinio o Tácito, por citar algunos nombres, también contaron en sus obras la historia y geografía del mítico Egipto, aunque dando, con excesiva frecuencia, entrada a fuentes orales de escasa fiabilidad.

Pero la clave del conocimiento de esta gran civilización seguía aún sumida en la oscuridad. Muchos eruditos historiadores intentaron, en vano, desentrañar el secreto de tan extraña escritura. Uno de los estudios más antiguos, hasta ahora conocido, fue el realizado por Horapollon (2ª mitad del siglo V) originario del Alto Egipto, quien trató de dar a cada símbolo una correspondencia lógica con la realidad cotidiana. De este modo concluyó, por ejemplo, que la imagen de la liebre servía para escribir el verbo «abrir», porque los ojos de éste animal están constantemente abiertos; pero esta teoría no le llevó, obviamente, a obtener grandes resultados.

Durante la Edad Media, la atracción por Egipto perdió interés, mientras los saqueadores de tumbas seguían robando los tesoros enterrados. Este interés volvió a resurgir en el siglo XVII, más concretamente en 1636, con la publicación del libro «Prodomus coptus sive Aegytiacus», de P. Atanasio Kircher, quien marcó una nueva etapa en el estudio de la escritura del Antiguo Egipto. En su obra, Kircher, demostró que la mayor parte de los nombres egipcios conocidos, podían explicarse a través de la lengua copta, de donde dedujo que el copto era una forma derivada del antiguo egipcio.

Viajes arqueológicos y procedimientos filológicos caracterizaron la época moderna. A partir del silo XVIII, se pusieron de moda las excursiones a Oriente y fueron numerosas las narraciones que relataban los paisajes y monumentos de Egipto, a ello se dedicaron nombres como: Fréderic Caillaua, Edme François Jomard o Gérard de Nerval.

Pero será el siglo XIX, el siglo estrella dentro de la egiptología moderna. En este período, se lograron descifrar, finalmente, los misteriosos jeroglíficos. Además, la expedición francesa del general Bonaparte a Egipto, propició que se sucedieran los estudios y el interés por la milenaria cultura faraónica. El propio Napoleón creó «El Instituto de Egipto», con el único objetivo de estudiar sobre el terreno aquel país y su historia. Fruto de ello, es la inmensa obra, de gran utilidad incluso en nuestros días, «Description de L´Égypte», que reproduce y describe los monumentos del Valle del Nilo y ofrece nuevos materiales para la investigación.

El primer paso para el desciframiento final de los enigmáticos jeroglíficos se dio en 1799 con el descubrimiento de la piedra «Rosetta».